Imagínense a unos señores que vivían en este mismo año, pero del lado completamente opuesto de la recta numérica, bueno, quizá no tan opuesto, por ahí del 1,800 a.C. De ese periodo datan los primeros algoritmos de los que se tienen registro y no, no eran para retener la atención o que te enteraras cuando alguien cercano se embarazó o te salgan anuncios de casinos en línea o de playeras que dicen que la gente más chida nació en julio.
Los procedimientos de cálculo de la antigua Babilonia (especialmente del período paleobabilónico, hacia 1800-1600 a.C.) son los ejemplos más antiguos que conocemos de algoritmos escritos de forma explícita.
Y a todo esto…
¿Qué diablos es un algoritmo?
Un algoritmo es un conjunto finito y ordenado de instrucciones o reglas precisas y no ambiguas que, aplicadas de manera lógica, permiten resolver un problema, realizar un cálculo, procesar datos o ejecutar diversas tareas. Partiendo de un estado inicial y una entrada determinada, la aplicación de los pasos sucesivos de un algoritmo conduce a un estado final que proporciona una solución al problema planteado. (Wikipedia ❤️)
O más fácil: es una serie de pasos claros, ordenados y finitos que te permiten resolver un problema o conseguir un resultado concreto.
Un ejemplo de algoritmo cotidiano y aplicado es una receta de cocina, o los pasos para cambiar una llanta o armar un Lego. La diferencia principal entre cualquiera de estos y un algoritmo de computadora es que este último está escrito en un lenguaje que una máquina puede ejecutar automáticamente, aunque la idea de fondo es la mismita: una secuencia clara de instrucciones para lograr un objetivo.
El algoritmo de Euclides es el más famoso y más antiguo que conocemos con nombre propio y que sigue exactamente igual hasta el día de hoy (se usa para calcular el máximo común divisor, una de esas cosas que uno cree que nunca va usar en la vida), es posterior a los métodos babilónicos, pero anterior al algoritmo de Instagram que inunda la pantalla del teléfono con clips de los caballeros del zodiaco y mujeres rubias con poca ropa y senos grandes saltando en cámara lenta.
Justo ahí es donde uno podría pensar: ¿en qué momento mutamos de un método diseñado para sistematizar la enseñanza y resolver problemas a uno para mantenernos enganchados en el scroll de la muerte hasta que se te duerman las piernas en el baño?
La cosa es que no hay tal mutación, en esencia. Antes, los algoritmos servían principalmente para resolver problemas de forma correcta, reproducible y, en muchos casos, enseñar el método; hoy día (en redes sociales) estos procedimientos están optimizados para maximizar el tiempo de atención y la interacción, o sea, simplemente son objetivos distintos.
Los sistemas han ido de lo general a lo particular, existe una predicción que escuché por ahí que dice que eventualmente habrá videos tan específicamente creados que tendrán una vista (ya existen, yo tengo varios ☹️) porque serán diseñados, no para un tipo de usuario, sino para un usuario específico.
La diferencia entre los algoritmos antiguos y los que hoy en día nos mantienen enganchados y le enseñan a la máquina qué mostrarnos y que no, radica principalmente en que antes los procedimientos se enseñaban y ahora son una caja negra cuyo funcionamiento no ha sido creado para ser comprendido por el usuario, mucho menos enseñado.
De hecho existen tantas variables y son tan cambiantes en los algoritmos de redes sociales que me atrevo a imaginar que ni siquiera sus propios creadores saben exactamente cómo funcionan, así que si usted pagó un curso para que le enseñaran como funciona el algoritmo de TikTok y se lo pagó a alguien que no fue quien lo diseño, pida su dinero de vuelta y latiguéese una vez por cada peso que le regaló al charlatán que le vendió.
La correlación entre las eras no es que “antes enseñaban y ahora solo retienen”, sino que la misma familia de técnicas puede orientarse hacia objetivos muy distintos según quién la diseña y con qué propósito.
Hoy, la novedad es la IA incorporada al sistema, así que si antes las variables eran de proporción oceánica, ahora se volverán astronómicas. Mi recomendación (y consuelo) es que no intente entender al algoritmo, si usted, como yo, es alguien que gusta de subir contenido a la red, hágalo sin preocuparse demasiado por lo que la máquina vaya a hacer después tras bambalinas, o si la necesidad de dopamina es demasiado grande, escriba para idiotas, ahí se tiene una gran audiencia (conste que no lo dije yo).
Cultura en corto
Muhammad ibn Musa al-Khwarizmi fue un matemático, astrónomo y geógrafo persa que vivió aproximadamente entre los años 780 y 850. Trabajó en la Casa de la Sabiduría de Bagdad durante el califato abasí. Es una de las figuras más importantes de la matemática medieval.
En el siglo XII, varias de sus obras fueron traducidas al latín en Europa. Una de ellas trataba sobre los métodos de cálculo usando los números indios (lo que hoy llamamos sistema decimal o arábigo). En esas traducciones latinas, su nombre aparecía como Algoritmi o Algorismus. Con el tiempo, ese nombre se convirtió en la palabra que designaba precisamente esos nuevos métodos de cálculo paso a paso.
De ahí nace la palabra moderna algoritmo… Y no, no me llamo Baldor, maldita sea.










